Una mínima fracción del viento

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Carlos René García Escobar
Escritor y Antropólogo
Miembro PEM Guatemala
06 de septiembre de 2017

En “Una mínima fracción del viento”, frase que le da título a esta novela de Rafael Cuevas Molina, escritor y artista visual guatemalteco radicado en Costa Rica, se suceden las vidas de los personajes que participan en ella de cuarenta años atrás al día de hoy. Es ni más ni menos, la historia contemporánea de Guatemala a partir de sus conflictos sociales aun irresolubles a pesar de los desenlaces que provocaron los pasados encuentros, finalmente firmados por una paz para los contendientes, no así para las víctimas.

En la trama de la novela se aprecia la pirámide social del país que persiste desde su formación en los inicios de la colonización española puesto que sus protagonistas son mostrados en sus papeles con que juegan en la actual estructura social del país en su calidad de descendientes de alcurnias, principales responsables de la explotación laboral de aquellos que son invisibilizados en sus papeles de campesinos y obreros, como también en estos otros denominados peyorativamente “pequeños burgueses” y “empleadas domésticas”. Como se demuestra en otros órdenes de la vida colonial, Guatemala es una aldea en la que subyacen el patrón, los mayordomos o capataces y los mozos colonos o vaqueros, en una escala vertical de dominación a causa de la propiedad y manejo de los medios de la producción más la explotación de la fuerza de trabajo de estos últimos.

Rafael cuevas molina

Como siempre, una historia de amor se perfila con un dejo romántico que no termina de cristalizarse tal como en los viejos registros del romanticismo decimonónico de hace doscientos años más o menos. A Fabiola, la burguesa en ciernes, su estilista, homosexual declarado, en un arranque de entretenimiento banal, le “adivina” por la lectura de la planta de su pie, que un viejo idilio de adolescencia se presentará nuevamente en su vida. Esta trivialidad desencadena una serie de hechos que en cinco días termina fatalmente con la vida casi normal de la susodicha y su familia.

El objeto del idilio de adolescencia no es más que Gabriel, un individuo talentoso cuya personalidad no le ayuda a destacar en sociedad sino es por sus capacidades intelectuales y su gusto por la lectura y la reflexión. Además por su aspecto físico de indígena y por haberse involucrado en uno de los grupos de guerrilleros que intentaron tomar el poder tal como sucedió en la mayoría de países latinoamericanos durante la segunda mitad del siglo XX.

Los capítulos van mostrando los pasajes de las vidas pasadas de cada uno de los personajes que intervienen. Los que corresponden a Gabriel, el clandestino, me interesaron especialmente porque se parecen al personaje de la novela que publicaré este año. Rafael Cuevas y yo nos hemos interesado en novelar las experiencias de los exilados guatemaltecos posteriores a aquellos que la Contrarrevolución exiló después de 1954 y que salieron al exilio en diversas formas durante los años finales setenteros y los iniciales de la década de los 80.

Debido a la inoportuna broma de Johnny, el pedicurista y estilista de Fabiola, ella sin saber que se trataba de una broma, emprende la búsqueda de su amor de adolescente y éste, entregado a una vida diferente, le hace el menor caso posible cuando se percata de tal búsqueda. Los acontecimientos se desencadenan rápidamente, incluidos los celos violentos de Charles, el esposo, y además, enemigo ideológico acérrimo de Gabriel, convertido éste en famoso periodista de opinión en un diario capitalino. Josefina, la empleada doméstica del matrimonio altamente burgués de Charles y Fabiola, protagoniza un papel importante en esta familia, pero su vida de invisibilizada por razones de clase, tomará rumbos y desenlaces reivindicativos insospechados.

Me parece que la parte importante de la novela es mostrar especialmente los caminos tan opuestos de los personajes que unos, proviniendo de clases populares, protagonizan las experiencias clandestinas de la guerra popular y revolucionaria organizada y de armas en la montaña, de esos años aciagos, frente a las experiencias de los otros de vida burguesa que llevan quienes ostentan el poder económico y político del país, que se creen dueños de las posibilidades de influenciar y conducir los destinos de una nación convulsionada por sus diferencias sociales, políticas y culturales más que todo, y que padecen el temor de perder sus privilegios ante la enjundia combativa de los guerrilleros.

Muchas emociones se conjugan en este juego de contradicciones que la novela describe en sus 26 capítulos y 324 páginas. Lo que el autor denomina como “fracción del viento”. Momentos de ternura, momentos de aventura, momentos de fracasos, momentos de celos. Los destinos se muestran sorpresivos. El autor realiza un juego de tiempos que entrelaza entre el pasado y el presente en los que el futuro aparece al final con sorpresa inusitada.

Sí. Todo y nada sucedió en esta etapa de nuestra historia. Incontables historias se fraguaron en el fragor del combate. Nunca se sabrán si no se cuentan. Porque se novelicen, no son mentiras. Las verdades se saben siempre, tarde o temprano. No importa cuándo, lo importante es que se sepan y se resuelvan de algún modo. Contarlas es catarsis, alivio, desahogo. Los novelistas lo hacemos como nos da la gana y en algo, cuando lo escribimos, descubrimos el acaso ignoto del pasado. Y quien tenga ojos, que vea y oídos, que oiga. Si se perdió esta guerra con las armas, se ganará con los juicios justos a los culpables.

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