¿Cuáles son las opciones?, si es que las hay.

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Escribe:
Paulo Alvarado
Presto Non Troppo
Prensa Libre
07 de septiembre de 2017

Ante lo acontecido en materia de política nacional durante las últimas semanas, lo que prevalece en la población guatemalteca es una sensación de desconcierto. ¿Por dónde se sale de este inacabable enfrentamiento de intereses sectarios y del inveterado marasmo que nos dificulta tanto caminar para adelante? ¿Por dónde ir? ¿A dónde ir? Debe haber opciones, pero… ¿cuáles son? ¿Cuáles son esas opciones para hacer de nuestra tierra una patria que sea buena para todas y todos, no sólo conveniente para unos cuantos?

De una parte se encuentra el tema de la institucionalidad. A menudo es un cobijo para quienes prefieren que la situación siga como está. Para qué —preguntan— se va a romper el orden de las cosas; abre la puerta al caos. Acaso olvidan éstos que lo institucional es lo que pertenece a una institución; vale decir, a lo establecido, no necesariamente a lo que es mejor para toda una población. De la otra, hay quienes piensan que hay que romper con esta estructura a cualquier costo. Siempre será factible mejorar —anuncian— cuando nos deshagamos de todo ese lastre socio-político que constituye la autoridad títere, la corrupción estatal y el proteccionismo a cuyo amparo obran muchos entes privados. Acaso olvidan estos otros, que el costo puede ser una continuada inestabilidad sin beneficios tangibles para la mayoría de guatemaltecos y guatemaltecas.

No deja de ser llamativo que principian nuevamente las manifestaciones de repudio a unos gobernantes tan inoperantes como imprudentes; y esta vez, al año y medio de haber asumido ellos el poder, no hasta unos pocos meses antes de cumplir su período como sucedió en 2015. Pero, probablemente muchos de quienes se están congregando para demandar la remoción del presidente, son los mismos que votaron por él cuando era un candidato desconocido y sin idoneidad para ganar ningún puesto de elección popular. Esta clase de paradoja es la que nos deja desconcertados a la hora de encontrar una salida al atolladero en que nosotros mismos nos hemos metido. Sobre eso, cuando algunos despuntan para buscar una solución, especialmente si son jóvenes, encima les caen los recalcitrantes que no quieren que se construya ¡finalmente en nuestra historia! la auténtica ciudadanía chapina.

Una vez más, como una metáfora surge —y tiene efectos concretos– el arte: el más elevado nivel de educación y mejoramiento social e individual a disposición del ser humano. El arte no es deontológico ni moralista. El arte es propositivo, comunicante, muestra senderos. Abre debates, diálogos, intercambios, posibilidades. En este sentido, pocos son los que profundizan en él y no pasan de considerarlo como un simpático pasatiempo (en el mejor de los casos) o francamente degenerante e inútil (en el peor).También, en este sentido, y sin caer en una adulación interesada, es de encomiar la labor desplegada por un Ministerio de Cultura (que, una vez más afirmamos, no debería llevar el cargante complemento “y Deportes”), muy diferente de lo que mostró o realizó durante los anteriores 30 años. Pese a los traspiés y la parsimonia que agobia a las entidades del sector público, el momento actual evidencia serios intentos de asirse a la razón de ser del arte y de lo cultural. Ojalá fueran muchos más los representantes del sector privado quienes unieran fuerzas con este ministerio, en vez de estancarse y complacerse en sus pingües ganancias, fruto de la mezquindad y el avorazamiento. Al final del día, el arte no aspira a dar respuestas ventajosas, sino a plantear las preguntas oportunas, para comenzar. ¿Existen hoy opciones para escapar del statu quo al que nos hemos dejado arrastrar tan indolente como insolentemente?

 

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